Edición núm. 3: verano 2016

Queridos lectores:

Bienvenidos a otra nueva edición de nuestra revista Surco.  Se nos va el verano de las manos este fin de agosto agobiados por la humedad que se condensa en los cielos del medio oeste estadounidense.  Con la culminación del verano y el cantar de las chicharras, se agotan las posibilidades de disfrutar de eventos culturales al aire libre tales como conciertos, obras de teatro y todo tipo de actividades relacionadas con lo artístico.  Para no acongojarse y echar de menos estos días soleados y recibir con ánimo el vuelo de las hojas que caen de los árboles y las bufandas al viento, dedicamos este número a la música, la cual no sólo puede apreciarse a través de instrumentos musicales o asistiendo a algún concierto al azar, sino que se presta además para palpar a través de la memoria, como si fuese una imagen sensorial.  Uno fácilmente puede estar divagando por las calles, caminando y por alguna ventana escuchar una melodía que nos hace volver a nuestra niñez, a nuestro primer amor o a nuestras vivencias rebeldes de adolescente.  O de repente, a través de la lectura, descubrir instrumentos exóticos o autóctonos o algún personaje que ha hecho de la música el centro de su existencia.  Por eso mismo, la gran mayoría de los textos que van a leer en las siguientes páginas revolotean alrededor de esta temática: la música, la literatura y cómo estas dos formas de expresión artística conviven, se plasman y comparten un mismo escenario para marcarnos como seres sensibles.

Es primordial recalcar que los que habitamos en Chicago somos muy privilegiados, ya que sus vientos muchas veces desatan el espíritu de algún blues desgarrador, las bellas melodías de un músico callejero o las notas de un saxofón melancólico filtrándose por la alcantarilla mientras esperamos subirnos al tren. Para no robarles más tiempo, acá los invito a disfrutar una vez más del material que ha surgido a partir los talleres de narración creativa de Café y literatura entre nosotros y muchos otros escritos de la mano de invitados que se sumaron a colaborar con nosotros, entre poesía, cafeína  y distintos ritmos musicales, un poco de literatura en español. Para ir ambientándolos, me despido con una frase de Julio Cortázar:

“¡Música! Melancólico alimento para los que vivimos de amor”.

Erika Doyle, agosto de 2016

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