El regreso más esperado… el tercer mundo

Por Luis Giménez

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Este año se cumplirán diez años de la IV Cumbre de las Américas que se celebró en Mar del Plata, Argentina en noviembre de 2005. Paralelamente, también se cumplirán casi de diez años desde que comenzaron por aquel entonces las primeras reuniones de los ministros de relaciones exteriores de lo que hoy se conoce como “BRICS”, países con economías emergentes que incluyen a Brasil; Rusia, India, China y Sudáfrica (Sudáfrica se uniría al grupo en 2011). Esos dos acontecimientos, formalizaron de alguna forma el regreso en el plano de la geopolítica de lo que se conoció y devino a ser la “tercera vía”, o simplemente “el tercer mundo”.

Sin dudas, el nuevo milenio ofrecía un escenario distinto para el tercer mundo. Un mundo en el que el asfixiamiento de los Estados Unidos como potencia mundial, había posicionado a países como Rusia y China a jugar un papel más preponderante dentro del contexto global, y así alinearse estratégicamente con otras regiones emergentes.  Por otro lado, el rechazo abrumador al tratado de libre comercio o “ALCA”, que llevó al por entonces presidente George W. Bush a ir a Mar del Plata a buscar un triunfo, tuvo como resultado el afianzamiento y alineación de las relaciones entre los países del sur del continente americano. Así, luego  de encontrarse posicionados en un lugar común, los países de la región profundizaron las relaciones y desarrollo en materia de coordinación que antes se había postergado.

El escenario propicio hizo que la gran mayoría de los países sudamericanos logrará alinear sus estrategias como nunca antes en su historia para generar propuestas políticas y sociales que se diferenciaran rápidamente de la pasada década neoliberal y de relaciones distantes de los 90’s. Desde la llegada del partido de los trabajadores al poder en Brasil, pasando por el caso de la Venezuela de Chávez, y siguiendo por gobiernos más moderados como en Uruguay, los cambios llegaron y se esparcieron por Sudamérica. Ya sea a través de procesos de transición política, como en Chile y Ecuador, o por estallidos sociales, como en el caso de Argentina en 2001 o Bolivia en 2003, la revisión de los hechos sociales y políticos de la historia reciente haría que la gente también quisiera marcar un fin de ciclo con el voto y la participación. La última década del siglo había dejado una suma de malas recetas económicas y el avance de las desigualdades sociales y la marginalidad. Es por eso que muchos de los proyectos políticos que hoy en día han sido revalidados por las urnas, en aquel entonces aparecían como una tímida alternativa a la cual la gente se acercaría.

En el fondo, lo que desde afuera parecían propuestas sin demasiado impacto en un mundo ligado a lo postmoderno y la globalización, no eran otra cosa que fuerzas de izquierda; líderes sindicalistas; movimientos sociales y asambleas populares, todos estigmatizados desde los medios de comunicación y centros de poder durante el periodo del “consenso de Washington”. Así, y no sin resistencia, al llegar a formar gobiernos integrados por distintas fuerzas que coincidían en afianzar la cooperación y preservación de las democracias regionales y el desarrollo económico, es que vieron la luz instituciones nuevas con énfasis en la integración, el diálogo y la representación. Una de ellas ligada a resolver y tratar temas geopolíticos, la UNASUR (Unión de Naciones Sudamericanas), y la otra encargada de las relaciones económicas y comerciales, la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe). A partir de contar con dichos organismos, los países del sur pueden acercarse de manera estratégica a otras partes del mundo donde en busca de cooperación e inversiones entre naciones en vías de desarrollo, ya sin tener que pedir permiso a Washington.

En la última década y media, Sudamérica ha visto grandes cambios. Cambios celebrados por los avances en temas de derechos humanos; estabilidad democrática; acceso a servicios públicos; libertades individuales y desarrollo humano.  A su vez, estos cambios atentaron contra los intereses de entramados círculos de poder históricos y su alcance mediático. Pero estos cambios también significaron enfrentarse a la realidad de la deuda social histórica de un continente y su gente, con los retos que eso conlleva.  Un continente tristemente acostumbrado al maltrato político y económico. Un pueblo acostumbrado a la desconfianza para con sus dirigentes. Una continente instruido en un clasismo étnico denigrante.  Y por sobre todo, una región que había perdido capacidad de desarrollar una “tercera vía” en materia de políticas de estado. Es así que, al cumplirse ya quince años de este proceso de cambio, el escenario que proponía el albor del siglo, hace pensar en lo que expresara proféticamente Juan Domingo Perón cincuenta y tantos años antes, una región en una nueva etapa en la cual los países se encontraran,  “Unidos o dominados”.

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