La rueda de Chicago

Por Armando Romero

La revista Surco publica, con la autorización del autor, un fragmento de La rueda de Chicago que narra y describe a Chicago en la década de los años 70, a través de la óptica del colombiano Elipsio, protagonista principal de la novela, quien se embarca en la ciudad de los vientos en búsqueda de Lamia, su amante de Cali.

La rueda de Chicago (fragmento)

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©Armando Romero ©Villegas Editores, 2004

Sylvio, el dueño, era un italiano locuaz y alegre, quien empezó con ese legendario bar en la década del 50, el cual fue centro en ese entonces de las audiciones  vivas en radio que organizaba como maestro de ceremonias el “bocaza” de Big Hill Bill, un negro inmenso como las montañas de su nombre. Sylvio había decorado el bar con varias cabezas disecadas de venados cazados en las praderas de Illinois y en la puerta como adorno de terapia preventiva mantenía dos o tres policías bien uniformados por si las moscas, que por estos lados eran más grandes y más verdes que lo que Elipsio se podía imaginar.

Unos pocos rostros blancos entre hippies y atrevidos trasnochadores fanáticos del blues o músicos con rostros morfinómicos se mezclaban a la rabiosa y altiva muchedumbre negra. Livio y Elipsio tuvieron que esperar un poco más de media hora en la puerta para entrar, y eso que ya había pasado la medianoche cuando llegaron. Al fin se abrió cupo y se acomodaron a empujones en un pequeño recodo del bar. Al olor a costilla de cerdo a la barbacoa se unía el tufo de la cerveza, el humo de los cigarrillos y el miasma de los cuerpos. Poco aire circulaba en el inmenso salón pero nada de esto tenía importancia al golpe sonoro de los aullidos de Howlin’ Wolf y su banda.     

Elipsio sintió que algo eléctrico subía por sus venas, como si el flujo de su sangre se hubiera lanzado a galopar a rienda suelta de pulmón a corazón a esternón a riñón, sonando y rompiendo en su correr todo dique, toda represa. La música que asperjaba a gritos Howlin’ Wolf por la sala lo dejó desde el primer momento prendido a una primaria de alta tensión que lo llevó a empujones hasta el borde del escenario. Livio divertido, silbando y aplaudiendo lo veía ir diluyéndose en el sonido.

Difícil imaginar sin tener en las manos un pedazo de su propia realidad esos demonios que Howlin’ Wolf le sacaba a la tierra como magma hirviente, no sólo por su voz atronadora, aullante, sino por los alaridos de las cuerdas vibrantes, fuertes, pesadas, que salían de su guitarra, golpeada contra el marco monumental de su cuerpo. Era el sonido de West Side que hacía par con Otis Rush y Muddy Waters y que Elipsio amaba sobremanera, embrujado ahora por la energía que Wolf imponía con sus saltos en el escenario, por el agudo dolor de las notas en su rostro, y la tristeza de sus canciones como poemas de una derrota que lo llevaba a los orígenes y a todo fin.

Junior Wells, con su armónica maravillosa, alternaba esa noche a Wolf, así es que cuando Livio y Elipsio salieron del bar, a la oscura madrugada, los oídos les zumbaban en miles de fragmentos de ruidos impresos como lobos que devoran por dentro.

Imposible conseguir un taxi a esa hora y en ese sitio, además Livio tenía hambre y quiso buscar un restaurante para desayunar.

-Si subimos por Sacramento Boulevard podemos llegar a Division Street –dijo-. Allá es tierra de portorros, pero todavía quedan algunos “polacks”, los polacos, ¿entiendes?, y podemos comer salchichas Kolvassis con mostaza y café negro, ¿qué te parece?

-Division Street y Ashland, esos son los metederos de Nelson Algren –recordó Elipsio.

-Si –dijo Livio-, a lo mejor nos encontramos al hombre por esos lados. Al carajo no lo saca nadie de Chicago. Lástima que le dio por meterse en los calzones sucios de esa franchuta Simone de Beauvoir.

Caminaban por la calle Lake buscando la intersección con Sacramento, por debajo de los rieles del elevado. Elipsio, a pesar de que la cuenta del licor había ido más allá de sus bolsillos, tenía suficiente conciencia para sentir que el vecindario era bastante peligroso y miraba con recelo cada recoveco o callejón animado por las ratas y otra fauna esotérica comiendo en los desperdicios. Varios trasnochadores a los tumbos salían de bares como Smoot’s o Kansas City Red’s y los miraban al pasar con ojos por debajo de los sombreros, tal vez preguntándose qué hacían estas dos aves sin nido en medio del ghetto negro en el West Side. Livio, despreocupado, los saludaba levantando el brazo con el puño apretado, hermano, hermana; y a paso largo se fueron hasta la calle Chicago que era una de las fronteras raciales de la ciudad.

-De aquí en adelante todo era hasta hace unos años lechecita pura, maestro, polacos, irlandeses brutos y otras bellezas, pero ahora la mayoría es gente de “mi barrio” -dijo Livio, subrayando-. Pero no hay que confiarse mucho porque estos resultan a veces más jodidos que los negros. Odian a todos los que huelen a hippies, a artista peludo, además de los negros, por supuesto. Pero no te preocupés, nadie se va a meter con nosotros. Por el momento vos y yo somos hombres invisibles en este país.

Bibliografía:

Romero, Armando. La rueda de Chicago. Bogotá: Villegas editores, 2004.

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Este fragmento ha sido autorizado para ser publicado en nuestro sitio por el mismo autor, Armando Romero (todos los derechos reservados).

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