Minicuentos por Yolanda Avellaneda

Lucrecia

Lucrecia tiene setenta y ocho años, vive en un asilo al sur de Chicago. Cada mañana al despertar piensa si ese será el día en que la vendrán a visitar.

El día en el asilo se divide en tres etapas, la primera etapa la dirige Tomasa, una morena regordeta un tanto lela que les hace la vida un poquito más fácil. La segunda etapa la dirige Shantel, una morena joven con problemas de control de enojo, eso a Lucrecia la pone triste porque ella no puede defenderse de las descargas violentas de esta joven, la ahoga, le escupe la comida, la pellizca y la insulta en un idioma que Lucrecia jamás aprendió.  Tomasa ve las marcas en el cuerpo de Lucrecia; pero calla. Shantel se ensaña más y aprovecha.

Es jueves, Shantel está ausente, Lucrecia tiene visitas, Tomasa se persigna y las visitas la miran, están esperando ver a Lucrecia.

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Corro

Corro, corro y solo escucho el latido enloquecido de mi corazón.  Son cuatro hombres detrás de mí como perros salvajes, sedientos de sangre y dolor. No quiero gritar, quiero guardar energía para seguir huyendo.  No veo un escondite, sigo; pero me alcanzan.

Tengo veinte años, soy homosexual, discriminado siempre, solo cuento con la ayuda de una hermana. Cuánto dolor le va a causar, ellos hacen de mí un girón de ropas, carne y miserias humanas, logran saciarse de mi dolor. Yo comienzo un vuelo, puedo oler todos los aromas, ver todos los colores, vuelo en un plano infinito, ya no existe el tiempo.

Un timbre suena, una mujer contesta, un grito ahogado retumba. La muerte se presenta.

 

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Error

Abrí los ojos y vi cuadraditos negros y blancos manchados con café y sangre no pude moverme, solo quería seguir en esa posición, desde ahí podía tener el control de algo. De mi vista sobre el piso, sobre las manchas.  Con el dedo índice de mi mano derecha que estaba justo sobre mi cabeza comienzo a dibujar la palabra “ayuda”, casi por instinto.

Podía mover mi dedo, mis ojos, podía escuchar, escuchaba un niño llorando y gritos de personas. Eso me reconfortaba, estaba viva, rota como una muñeca de trapo; pero viva.

Escucho una ambulancia, vienen por mí, eso creo. Me equivoco,  como siempre. Vienen por alguien más. Un gusto metálico invade mi boca, vuelvo a escuchar, esta vez es la voz de mi comadre diciendo que él está muerto, que se cayó por las escaleras, según porque se le hacía tarde para llegar a su trabajo.

Quiero moverme, gritar; pero el dolor es tan intenso que dejo de estar allí. No quiero volver.

 

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