Memorias de Starbucks

Por Elbio Rodríguez BarilariStarbucksCup

-Cuando se hace el amor tiene que ser como lo harían dos fieras.

-Dos tigres furiosos. Tigre y tigresa.
-Tigra, que hasta suena más bonito.
-Tigra, entonces.
-Dos panteras.
-Al final, como dos delfines viscosos.
-Sí, dos serpientes luchando.
-Dos anacondas enroscadas.
-Dos boas constrictor.
-La anaconda es una boa acuática…
-Da igual, dos grandes reptiles.
-Sí, devorándose vivos.
El Starbucks cierra temprano. Es un problema con Starbucks: no respeta los hábitos tardíos de los consumidores de café. Les dan la substancia, los mantienen despiertos, pero los echan a la calle con todas las neuronas en pleno, saturados de cafeína.
Hoy no importa mucho. Esta noche los dos sabemos que finalmente, más tarde o más temprano, será:

-¿Tu casa o la mía?- como en las películas…

Probablemente tu casa. Es más cerca.
No hay temas proscritos, ni hemos temido asomarnos a las más estrechas cornisas. La esgrima de las palabras nos ha acercado y protegido al mismo tiempo, una finta, un corte y el reconocimiento de que el otro está a la altura.
Hace semanas apenas. Restaurant mexicano. Nos acaban de presentar o “introducir”, como dicen acá y ahora nos hace tanta gracias. Jugamos a adivinar de dónde venís a partir de tu acento en inglés. Varios de los caballeros lanzan:
-France…
-No.
-Greece…
-No.
-Italy…
-No.
-Ió no viá participar porque ió iá sé, po, ió la conozco harto- dice el Matemático Chileno.
La Catedrática va del menú a los comensales, con cara de “For God’s sake!”.
El Poeta Invitado, con aires de Don Juan académico, aporta un muy confiado, laureado, rampante:
-¡Mécsicou!
-No, not México… Okay, your are the last one, it’s your turn- decís. Mi turno.
-Mmm… I think you are from Paradise!- arriesgo. Los de afuera son de palo.
El Matemático Chileno me acierta una patada por abajo de la mesa.
La Catedrática se hunde en el menú como si no tuviera los lentes puestos.
-¡Mmm…!-  dejás escapar y mirás hacia lo alto como sopesando, fruncís el ceño…
Suspenso.
-I think you have very good ears- dictaminás al cabo, neutral y generosa en tu inglés tan madrileño.
Festejo general, menos la catedrática atrincherada en su menú.
-¡Güeón con suerte…!- masculla el Matemático Chileno.
-Me ha gustado horrores eso de que vengo del Paraíso. Pero no soy ningún ángel, o ángela. Y tú eres un tío muy descarado ¿sabías?- te escucho decir más tarde en un rincón de este mismo Starbucks.
-Me salió así, yo qué sé, pero vos sos toda una dama, saliste con mucha elegancia…
-¿Salí…? ¿Y entonces qué hace esta dama acá contigo?  
“Touché”. No comments. Que el silencio se haga cargo.
Hemos alabado, con bienvenida admiración, las habilidades y destellos recíprocos, vos de “tú” y yo de “vos”. Tu grácil “ió” y mi rotundo “yo” tanguero. Tus “ces” tan peninsulares.
A vos todavía te hacen gracia tanto mis “y” griegas como mis elles…
-Suculentas…- decís.
-Normal… Yo, llave, lloro, llego- pronuncio, con las insolentes “yes” rioplatenses.
-SHo, SHave, SHoro, SHego…- me imitás y te reís.
Te explico que no es SH sino ye, como la jota en francés o inglés… Pero no me escuchás, me dedicás unas morisquetas juguetonas y no me importa, me fundo en el crisol de tu dicha.
Tu boca y tus ojos me pierden. Al final siempre caigo, víctima complacida de una pequeña treta verbal…

–¡Touché!- concedo -ésta vez en voz alta- y nunca me ha costado menos.

El deseo se construye de a poco, no las simples ganas. No hay que explicarlo.
Quizás sufriéramos las mismas urgencias, virtuales náufragos entre distraídos caníbales urbanos, a orillas de un lago frío y enorme. Soledad, claro; aislamiento, seguro; falta de solidaridad ambiente, por supuesto; amistades de escaso calado; abstinencia, hasta cierto punto… en parte elegida, en parte por simple deslizamiento. O cierta pereza.
En una cosa estamos de acuerdo: ambos hemos elegido donde echar el ancla. Así que a no quejarse. Al menos, no demasiado.
Que no se puede entrar en vano en la vida de nadie es una de esas verdades adultas, raramente comprendidas, que ayuda a aliviarnos la soledad. También hay una cierta justificable cautela, aunque para lo que se presagia no existan ni anteojeras ni oídos sordos.
El ralentando que ejecutamos no ha sido tan difícil, ni tan prolongado. Viene adornado de complicidades y palabras, sembrado de lecturas comunes, de preferencias descubiertas y compartidas, películas también claro, y canciones. Entonás bajito y muy muy afinada, con una voz completamente tuya:

Ay mi amor,
sin ti no entiendo el despertar
Ay mi amor,
sin ti mi cama es ancha…
-¡Serrat…! Romance del Curro el Palmo!
-¡Espera, que es que me la sé toda!
Ay mi amor,
que me desvela la verdad
entre tu yo yo la soledad
y un manojillo de escarcha.
La canción y tu voz evitan como un exótico colibrí.
-Grande el Nano…
-Son más de la época de mi madre, pero me lo conozco a todos…

– ¿Paco Ibáñez?-
-¡Seguro!- y en un murmullo cantas:
Pero tu siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti
pensando en ti
como ahora pienso…
-Y Sabina…
-Chavela Vargas
-Camarón…
-¡El Camarón…!
-¿Ana Belén?
-Sí, claro.
-Pi de la Serra…
-Ovidi Montllor….
-¿Aute?
-Sí, ese también.
-Gardel.
-¡Gardel!… pero de tango me tendrás que enseñar. Cántame algo de Gardel ¿vale?
Rechiflado en mi tristeza
hoy te evoco y veo que has sido
en mi pobre vida paria
sólo una buena mujer…
-Mejor otra canción- me interrumpo.
-¿Por qué? ¡Si venías de lo más bien…!
-¿Sabés lo que es el juego de remanye, bacana, percanta, gavión?
-¿What…?
-Y eso sin contar los morlacos del otario…
-¿Los qué de quién?
– ¿Viste? ¡Te la voy a tene que traducir! Mejor ésta. No es de Gardel.

No hay tiempo, no hay hora, no hay reloj
No hay antes ni luego ni tal vez
No hay lejos, ni viejos, ni jamás
En esa olvidada invalidez

Si todos se ponen a pensar
La vida es mas larga cada vez
Te apuesto mi vida una vez mas
Aquí no hay durante ni después
-No hay durante ni después, es cierto… Solamente ahora, y un poco de ayer ¿no?- decís, tu voz con un “algo” frágil. Me pregunto si no habré elegido mal la canción.
-¡Y qué guay… muy guay del Uruguay!- decís ahora, con ese don tuyo para remontar las emociones.

Pero hay también muchas bromas. Bromas que reímos al unísono, con sonrisas en espejo.
Como cuando le dijiste a un bartender preguntón que eras “flight attendant” y que teníamos dos hijos, Jean-Paul y Simone.
-Pues claro ¡azafata! cuando los tíos preguntan les digo que soy azafata y quedan felices… ¡azafata y mamá!
He creído sorprenderte más de una vez, considerándome, midiéndome de una mirada.
Y has capturado más de una vez la codicia de mi ojos filtrándose a través de tu blusa ajustada. Me consta.
Hasta diría que sentí tu ganas cuando veníamos caminando de vuelta, de la fuente a las bicicletas. Bicicletas, artefactos tan poco literarios.  Luego cruzábamos las vistas, eso sí, en apreciación mutua de muslos tensos y perfiles perlados de sudor mientras rodábamos a orillas del lago.
En público, no disimulamos nuestra mutua inclinación, llegamos juntos a varios sitios, más de una vez, pero no nos dedicamos ninguna exclusividad y nos tratamos sin especiales deferencias.
Me gusta mirarte desde lejos, verte vivir, actuar, ocasionalmente desplegar tu plumaje, sabiendo que te pertenecés sólo a vos misma, insobornable. Es una buena sensación, serena, y también un desafío: cómo llegar a tenernos mutuamente sin cambiarnos, sobre todo sin alterar esa brisa que te impulsa como un bergantín altanero o una espléndida fragata con las velas desplegadas. Qué antiguo soy.
-Qué antigüo eres… pero por favor, no vaias a modernizarte- pedís.
-“Vaias” y “vayas” deberían significar cosas diferentes- digo.
-Es que vosotros lo pronunciáis como si iros os costara aún más- decís.
-Somos muy dramáticos…-digo.
-Pues, entonces espero que no te vaSHas…- decís y los ojos se te ponen aún más verdes.
No engañamos a nadie. Los demás nos han colocado bajo esa equívoca sombrilla con que se protege a los que van en vías de.
Hasta el más despistado suele vislumbrar lo que fluye entre dos que se gustan, se atraen y excluyen al resto, ese tráfico doble mano de feromonas más certeras que un misil. Los famosos dardos de Cupido, cuando el último grito tecnológico en el arsenal de los dioses eran el arco y las flechas.
En  los 70’s quizás nos hubiéramos acostado alegre, festivamente, la primera noche, y consumido nuestra historia al ritmo en que se quemara el erotismo.
Este siglo veintiuno de emanaciones medievales le ha devuelto a la prudencia sus deslucidos prestigios. Ya no nos juzgamos como timoratos o puritanos por no ceder al primer embate.
“La carne es fuerte, es la mente que es débil”, decía una tía mía, anarca, bohemia y artesanal, que tenía por qué saberlo.
Me gustás mucho, me atrae tu cuerpo fuerte y suave, tu nariz como árabe o hebrea, definitivamente mediterránea, que cuando fijás la mirada me recuerda a los vertiginosos halcones que fotografiamos en Wisconsin.

Alucino con tu boca. Pero todavía más, con lo que viene de tu boca. No tontees, no me refiero a la lengua. Son las palabras.  La boca, la boca de la palabra. Las ideas que coagulan en palabras.
No podría separar tu boca de lo que viene de ella. El modo en que me desafiás sin proponértelo, incitándome. La manera en que me inducís a querer relumbrar para vos es tanto o más incendiaria que tu rostro y lo que adivino bajo tu ropa, o las caricias que me prometo.

Se ha dicho que las mujeres le entran a los hombres por los ojos, y los hombres a las mujeres por el oído. No sé cómo se aplicaría a nosotros. Seamos ambiciosos: reivindiquemos la totalidad de los sentidos.
-Te escucho y no lo creo…
-Te miro y lo creo menos…
Nos  embelesamos. Me agarrás los dedos de la manos, o me los “coges”, según vos. Es tan dulce que duele.
-Sorry, we are closing in five minutes- profiere con aburrido enojo una de las chicas de Starbucks, que nos ha estado empujando con la mirada durante la última media hora.
Le aplicamos una doble sonrisa. Se va.
De camino hacia su puesto detrás de la caja registradora no se olvida de subrayar el reclamo con un marcial flip, flop, flip, flop a cada paso de sus aparatosas Birkenstock.

Nos reímos, otra vez un poco más de lo debido.
Reiteramos miradas. Cuando uno de los dos abra la boca ya no habrá dilaciones, ni tregua, ni cautela.
Reímos otro poco, poquito.
Ahora ya no.
Callamos.
Paladeamos miríadas de perlas, nerviosas perlitas elusivas, de fugaz consistencia
Y nos faltan –de golpe- las palabras.

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elbio-barilariElbio Rodríguez Barilari es uruguayo, compositor y escritor.  Vive en Chicago desde hace dieciséis años.  Entre sus obras literarias, ha publicados una colección de cuentos y una novela titulada “Lugares comunes”, que recibió un premio. Durante ocho años, se ha desempeñado como director y editor del periódico La Raza Newspaper.

Actualmente, Barilari es director artístico del Chicago Latino Music Festival y catedrático en la University of Illinois at Chicago. Además, pueden sintonizarlo en el programa radial ¡Fiesta!, dedicado a la música Latinoamericana. El mismo se transmite los sábados a las 7:00 p.m. Sintonicen WFMT 98.7 para escuchar la transmisión de ¡Fiesta!.


 

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