Al otro lado de la pared

Vanesa Baerga

Son las seis y algo de la mañana de un sábado y veo, siento en mi medio sueño luces de colores. También se oye a lo lejos el ruido de una ambulancia. “Habrá pasado algo. Debe ser que alguien se sintió indispuesto, nada grave”, pienso entre dormida y despierta pero las luces siguen insistentes.

Sucumbo ante la insistencia lumínica y me levanto para ir al baño. Veo que mi compañero Enrique y mi gato están asomados a la ventana. “Parece que a alguien le dio un infarto y se lo están llevando en ambulancia”, comenta Enrique. “Aunque, qué extraño que esté sin camisa estando tan frío afuera”, dice en voz alta extrañado.

Vuelvo a la cama. Él continúa con su rutina matutina del sábado y se prepara para irse a trabajar. Esta ciudad no duerme. Ya hace casi cinco años que nos trasladamos de Puerto Rico a Chicago. De isla colonizada y tropical vinimos al país colonizador, a la metrópolis, a asentarnos en “la segunda ciudad”, en el mismo corazón del medio oeste imperial.

Ya por fin casi es mayo. Otro duro invierno más sobrevivido y por estos meses todavía hace algo de frío en esta ciudad.

En lo que él termina de vestirse, me levanto de la cama y voy a la cocina a prepararme café.

“¡Hasta luego! Nos vemos cuando salga del trabajo. Tal vez podamos ir a cenar esta noche a algún sitio rico”, se despide Enrique.

“Sí, nos hablamos más tarde y decidimos a dónde vamos.”

Así, sigo con mis rituales matutinos: café, Internet, emails, noticias, redes sociales: interpretaciones noticiosas, quejas, nuevas relaciones, nuevas maternidades, nuevos viajes, nuevos logros y una lista interminable de anuncios personales. A los pocos minutos Enrique me llama.

“¡Fue nuestro vecino de enfrente! Se suicidó. El muchacho gordito que vive con sus papás. Los puertorriqueños de enfrente. Los paramédicos lo vinieron a buscar y lo sacaron por las escaleras de atrás. No sé bien qué pasó. Tenía 23 años. Me dice Edwin que llevaba años con una depresión severa”, me explica desconcertado.

“¿Qué? ¡¿De quién hablas?!”, le pregunto pensando que es alguien del edificio de enfrente.

“¡El del apartamento de enfrente! ¡Puerta con puerta a nosotros!”, me responde.

Me quedo en silencio. Es que no me salen las palabras. No le puedo poner un rostro claro a la persona. Sé de quién se trata. Pero su rostro lo recuerdo vagamente. Lo veía de pasada y tal vez cruzamos unas breves palabras unas pocas veces en estos casi cinco años que llevamos viviendo en este edificio. Tal vez… No estoy segura.

Los paramédicos se lo llevaron esa mañana y pocos vecinos se enteraron. ¿Así es la vida en las grandes ciudades? ¿La vida se vive y nadie se conoce?

Todo este torbellino de emociones pasaba al otro lado de nuestra pared y nunca nos enteramos. Tal vez se asume que así son las relaciones vecinales en una gran ciudad. Un saludo cordial y ya, por eso de no incomodar. Él decidió su fin a unos pocos pasos de mi puerta. Al otro lado de nuestra pared. Y me pregunto, ¿cuántas veces más lo pudo haber decidido, o tal vez intentado, anteriormente? ¿Y su mamá, mi vecina? ¿Su papá? ¡Qué situación tan dura para su familia! ¡Sus papás! Si es difícil lidiar con el mundo tan enrevesado de las emociones propias, ¿cómo será con las de los hijos?

El apartamento al otro lado de nuestra pared fue el único espacio que él llamó hogar. Fue su hogar desde siempre. Fue donde nació y creció. Sus padres han vivido ahí por 30 años. Ahí formaron su familia e hicieron del espacio su hogar. El resto de los vecinos somos aves de paso. La mayoría somos jóvenes que alquilamos atraídos por lo céntrico del vecindario, aunque eventualmente nos mudemos.

La mañana transcurrió como cualquier sábado. No había entrada ni salida de familiares, amigos de la familia, vecinos, compañeros de trabajo. Hubo silencio, mucho silencio. Y yo pensaba en lo diferente que hubiera sido en Puerto Rico, de donde ese matrimonio era originario, igual que nosotros.

La detective

Claudia Giribaldi

Me paso las noches y los días esperando a que algo trágico ocurra o a que alguien toque a mi puerta para avisarme de alguna desgracia. De eso se trata mi trabajo, de investigar las tragedias de los ciudadanos para lograr algo de justicia. En mi infancia jugaba a resolver misterios para sacar a flote la verdad y hacer justicia, incluso a los muertos. Muchos de mis familiares murieron cuando era niña y aunque no tuvieron finales trágicos, la idea de la muerte siempre estuvo presente en mi vida. Bueno, al menos eso pensaba hasta que los casos de suicidios comenzaron a surgir en mis expedientes. Nunca me olvidaré del primero que tuve, de aquella tragedia que marcó mi carrera como detective.

Era un día de verano, cuando el clima en Chicago quería calentarse pero no podía. Aún se sentía los vientos resoplando durante todo el día, sus cielos permanecían nublados anticipando el caer de la lluvia. En sí, mi día laboral consistía en esperar que el siguiente caso se aparezca ya que apenas había cerrado un asesinato complicado que terminó en accidente. Estaba sentada en mi escritorio llenando formularios y documentos para cerrar el caso anterior, cuando recibo una llamada de mi jefe. Al contestar, escuché su voz precipitada: “Rosa, tienes que salir inmediatamente, acaba de ocurrir una tragedia. Al hijo de un amigo mío lo encontraron muerto en su habitación. Bueno, la verdad no se sabe si en realidad se suicidó o qué, pero confío en tus habilidades y experiencia. Te necesito en la escena de inmediato. Aún me siento aturdido… otra vida desperdiciada, ¡carajo!”. Yo me quedé muda por unos segundos, estaba por irme a descansar a casa después de una larga jornada de trabajo. La verdad nunca había investigado un suicidio, pero le contesté que iría enseguida y que no se preocupara que lo mantendría informado.

Al salir de la comisaría ya era entrada la mañana, eran más o menos las 6 a. m. Al llegar a la escena, las ambulancias y patrulleros estaban circundando el edificio. Intenté entrar en ese tumulto; muchos vecinos y curiosos se reunían para ver lo que pasaba. Al entrar me presenté y mostré mi identificación a los familiares. Luego ellos me condujeron al lugar de la escena. Entré al cuarto del susodicho y lo vi allí echado en el piso, sin camisa, en una posición casi como la de un recién nacido. El muchacho aparentaba tener entre 20 a 30 años, de piel color caramelo y con sobrepeso; sus ojos estaban cerrados como si durmiera un sueño profundo. Los padres aún estaban aturdidos con lo sucedido. No podían hacer nada ni sabían qué decir. Le pedí al investigador criminal que recolectara la evidencia y luego llamé a los paramédicos para que se llevaran el cuerpo.

Me enteré por la breve conversación que sostuve con los padres que el muchacho sufría de cambios de estado de ánimo, pero nunca nada serio. Casi siempre se la pasaba encerrado en su dormitorio sin molestar a nadie. No le gustaba que lo interrumpieran cuando estaba encerrado en su cuarto. Les comenté a sus padres que los citaría en unos días para llenar el informe del caso y que se harían otras interrogaciones para investigar lo sucedido.

Al salir de la escena del lamentable y aparente suicidio por descifrar, me quedé pensando que no podía entender por qué una persona de un momento a otro podía quitarse la vida. Obviamente, sabía de muchos casos de suicidios, pero nunca había presenciado uno tan de cerca y como parte de mi trabajo. Tenía ahora que investigar las causas de la muerte de un hombre joven que aparentemente se había quitado la vida, pero tenía que indagar los motivos y confirmar si se trataba de un suicidio. Estas podrían ser mis posibles deducciones: muerte por causas naturales, suicidio o en el peor de los casos, homicidio. Había muchos interrogantes por resolver y sobre todo sabía que la respuesta no aliviaría del todo el dolor que causaba a sus familiares la muerte de aquel muchacho.

Días después recibí los resultados de la autopsia de Humberto, así se llamaba el chico. Los médicos forenses me llamaron para presentarme el informe. Este citaba que en el cuerpo del muchacho encontraron sustancias alucinógenas, concretamente heroína. Al parecer había ingerido una sobredosis que le produjo un sueño profundo y que removió su respiración, llevándolo a la asfixia. Aún no se sabe si es que lo hizo a propósito o cuales serían las razones pero todo señalaba un suicidio voluntario o una sobredosis.

Me puse a investigar su expediente para averiguar si el chico había tenido problemas psicológicos de depresión en el pasado. Obtuve acceso a los registros de su escuela secundaria y leí varias notas de los maestros que recomendaban ayuda terapéutica porque el muchacho se la pasaba solo todo el tiempo y no le gustaba asociarse con nadie. Cuando los profesores le preguntaban algo en clase, se tomaba mucho tiempo en responder. Al parecer, los padres no tomaron en cuenta los consejos de los maestros y por lo tanto no hubo un seguimiento o facturas psicológicas médicas que indicaran que estaba recibiendo ayuda para su salud mental. Al citar y hablar con la madre, le conté lo que había descubierto, pero ella no tenía ni idea por lo que su hijo estaba pasando emocionalmente y consecuentemente de su consumo de drogas. Me dijo que sí, que Humberto había sido siempre un chico solitario, metido en sus cosas y que nunca comunicaba nada ni compartía con la familia. También me dijo que tenía problemas de autoestima y que a ella le preocupaba que nunca hubiera tenido novia. Siempre culpaba a su sobrepeso. Me dijo que ella estaba tan conmocionada por los hechos como cualquier otro miembro de la familia. Creía que su hijo sólo necesitaba acercarse más a Dios para que le iluminara el camino y le ayudara con sus inseguridades.

Mi conclusión preliminar de este caso fue que el muchacho estaba desilusionado de su vida, que no tenía ningún apoyo emocional y que decidió quitarse la vida para escaparse de su infierno mental. En otras palabras, no soportaba su propia soledad y no se soportaba a sí mismo. Aún me siento afectada. No sé si le habré dado justicia al caso y no estoy segura cuál fue la moraleja en estos casos de la muerte ya que era la primera vez que me había tocado resolver un suicidio.

Laura

Luis Giménez

Es difícil acostumbrarse al vacío. Las cosas se nos desaparecen enfrente nuestro todo el tiempo. Vemos todas esas imágenes pasar de forma invisible a cada momento, y a eso le llamamos vida. La naturaleza se muere enfrente nuestro, se va; se esconde. El sol te encandila, la lluvia te da frío, la brisa te eriza la piel, y lo que nos queda es un recuerdo; una experiencia atada a nuestros sentidos.  Un día te despiertas y algo de todo eso se fue, y lo que te queda es una imagen por ahí, porque los olores; los gustos y los sonidos ya no están. Y luego de un tiempo vas caminando por la calle, te paras en una esquina, te quedas estática y te das cuenta que la voz de tu hermano no la recordás más, y eso es la vida también.

Una vez alguien me dijo, “lo importante es saber dónde te caes”. Por supuesto, esa referencia era sobre cómo sortear los pozos cuando andas en bicicleta por la ciudad, pero en el fondo de mí, esa frase resonaba como augurio.

Esperando encontrar a una mujer devastada por la noticia, quizás una escena más de telenovela que real, llegué a la casa y ella estaba ahí, pasando una bandeja de limonada a los presentes que eran cuatro, incluido mi otro hermano. Mi madre me recibió con una sonrisa de domingo, y me pidió amablemente que me quitara la gorra. Yo pensaba. “que mujer rara”.

Estuve en el baño como quince minutos, no quería salir. Me mojé la cara varias veces, y me sequé la transpiración, a pesar de haber hecho sólo quince minutos en bicicleta. Yo sabía, no quería enfrentarme a ninguna pregunta ni comentario. Estaba más preparada para una situación parecida a la de ir al correo. Entrar, dejar un paquete que va al otro lado del mundo sin que nadie hiciera muchas preguntas, e irme.

-¿Nombre?

-Laura

-¿Qué envía?

-A mi hermano Humberto.

-¿Dirección del envío?

-El cielo.

-¡Pum! Ya está.

Nadie me había dicho nada, pero un día la vecina que solía desagradarme de chica, me dijo:

-¡Qué bueno que empezaste a venir seguido a ver a tu madre, yo sabía que lo harías!-

No había habido ninguna sentencia familiar, ni acusación indirecta. Pero luego de un tiempo, de repente me di cuenta que la única gente que me conocía era mi familia y la gente del barrio. Quizás comencé a frecuentar mi casa de nuevo cuando me di cuenta que la familia simplemente se paralizó. De hecho, ya estaba paralizada. Humberto era el pequeño, y era el que recreaba la historia familiar a su antojo. Contaba historias de una niñez distinta a la verdad, o a la versión que yo misma recordaba.

El hermano

Alex Escalona

Tenía que haber sido mi hermanito. El más joven de todos. Habrá sido aquella condición de mamitis que lo agobiaba desde muy niño. ¿Sera que mi mamá se pasó en aquel consentimiento tan arropador de su último bebé, el último encargado de perpetuar el linaje descendiente de nuestra familia nuclear?

Nosotros los hijos de mis papis seguimos sin cumplir con ese deber que se nos impone por tan solo pasar a la adultez, el deber de tomar el paso hacia una nueva vida llena de nuevos compromisos familiares. ¿Cuando te vas a casar Luisito? ¿Cuéntame, qué pasó con tu novia, la muchacha de los rizos? No vaya a ser que termines un viejito solitario, sin pareja a tu lado con quien compartir la vida. ¿A todas aquellas interrogativas que más hay que decir que sobrepase aquel carácter tan superficial y directo que las mismas cargan? Un “cásate demasiado pronto y te arrepentirás demasiado tarde” o quién sabe cuán multitud de refranes y respuestas lacónicas y absolutas para esquivar cual intromisión inagotable al asunto de los ritos de paso.

Tenía que haber sido anoche, entre aquella tormenta de aguacero y ventarrones interminables en esta nuestra ciudad de los vientos. Ya bien me lo imagino en su cuarto, encerrado como siempre, vacilando quizá entre los detalles minuciosos de aquella moribunda decisión final y un sentimiento de agonía existencial. Tantas fueron las veces que pensando en su carácter solitario, le tocaba la puerta del cuarto,  un estilo de closet en función de dormitorio como las que compartían familias enteras en los tiempos de la Gran Depresión Americana, y al responderme con su lánguido “¿Quién es?”, me abría el paso yo mismo sin responderle, para sentarme al pie de su cama.

En aquellas visitas siempre me sentía como una especie de fantasma, algún espíritu pasajero que en su forma espectral desaparecía sin dejar el más leve rastro de su visita. Dentro de aquellos pensamientos a veces me acordaba de los recuerdos que tenía mi tía Yasmín de su abuelo. Me contaba que después de morir se le aparecía a veces detrás de una ventana cualquiera, y con cierta frecuencia al pie de su cama en plena noche. Estas visitas, digamos, la dejaban al principio con un escalofrío espeluznante, que de inmediato se convertía en otra sensación de familiaridad e intimidad al darse cuenta bien que se trataba de su querido abuelo. A diferencia de aquellas visiones metafísicas que vivió mi tía, las veces que entraba al cuarto de mi hermano sentía más bien un gran vacío en todo tu entorno, acompañado en seguida por una gran emanación desde el fondo de su espíritu de una soledad profunda y sin amparo.

Humbertico, mi hermanito querido, o al menos el que lo vivía en carne propia hasta esta mañana, era una persona muy callada. En comparación al resto de sus hermanos, nunca pudo cursar con facilidad aquellos laberintos del pensamiento, con toda su multitud de frases pasajeras que denominamos la interacción social cotidiana. Era un muchacho muy ensimismado, entregado a un mundo interior de ansiedades y rencores, como todo un árbol en hibernación, negro e inmovilizado, un reflejo y al mismo tiempo cría de aquellas noches de pleno invierno del occidente medio americano, creado por la madre de todos nosotros los seres vivientes con toda su arte de engendrar, ese mismo árbol con las ramas torcidas y multitudinarias, surcando hacia el cielo senderos interminables y siniestros.

Aquellas veces que lo visitaba en su cuarto, al entrar a esa especie de tumba, nuestras conversaciones, si acaso lo eran, tornaban hacia el tema de su depresión y del “por qué no te acercas a algún terapista, creo te haría bien hablar con alguien”. Su respuesta, breve y desinteresada, tendía hacia un “sí tienes razón” o siquiera un simple “quizá, no sé. Durante aquellos intercambios, o más bien digamos monólogos de mi autoría, mi hermano se la pasaba pegado al monitor de la computadora, desplazándose por este que aquel feed cibernético interminable de nuestra actualidad. Me decía a mi mismo que para una persona en su condición, ese laberinto de “posteos” perecederos y perpetuos a la misma vez, quizá formaban algún tipo de receso continuo e interminable, como una especie de espejo sin reflexión donde conseguía un descanso muy breve aquella clase de condición mental que a mi hermano agobiaba. Es decir, que de una manera simbólica y temporal mudaba como una serpiente su piel por esos senderos sin fin, su proclividad a perderse en ese universo de ansiedades e inquietudes, como toda una especie de viaje inconsciente por un mapa cerebral sin límites neuronales.

Tenía que haber sido mi hermanito el más pequeño, el más consentido de todos nosotros, el que tanto buscaba proteger mi mamá de aquellos caminos tan pesados de la vida, el que menos fingía seguirle la corriente a la vida ante las interrogativas y presiones sociales que a todos nos atan y constriñen, aquella red inescapable de expectativas y compromisos que jamás se resolverán en toda su totalidad.

Eugenia

Erika Doyle

Y bueno, por dónde empezar realmente. Recuerdo muy bien aquel día que entré al café para sólo perderme en alguna borra. Era por la Michigan Avenue y había decidido caminar sin retroceder ni mirar atrás. Salí del restaurante revirada y súper acongojada al renunciar a mi trabajo de tal forma. Todo por ese maldito manager, enano energúmeno norteamericano que se las da de mucho. ¿Cómo poder entender que se queje de que tome agua sin consultarle mientras espero a que llegue otra mesa?  No aguante más ese día y lo enfrenté. No se la veía venir de esta pobre inmigrante, ¿no? La cuestión es que ese era un día bien caluroso en Chicago, y si combinas la temperatura con los boludos de turno, se arma la hecatombe.

Hace dos años conocí a Humbertico. Yo sentada en el café leyendo una antología de escritores puertorriqueños, y él intrigado empezó a preguntarme sobre lo que leía. Ese día me invitó a un café y nos quedamos horas y horas charlando hasta que tuvieron que echarnos del lugar y poner las sillas patas arriba sobre la mesa que ocupábamos. Mientras sigo el tramo por la Michigan Avenue después de renunciar a mi trabajo de manera imprevista, recibo un llamado en mi celular con la peor noticia de mi vida. Me entero que mi amigo decidió quitarse la vida y que ya no estará entre nosotros los mortales… ¡Y yo justo iba pasando por el café en dónde solíamos encontrarnos para jugar Scrabble!

Lo que compartíamos era un secreto, que para mí —voy a confesar— era un tanto ridículo.  El secreto era que él pretendía no saber español delante de los demás y conmigo, aprovechaba y lo practicaba hablando, escribiendo y armando palabras al azar sobre la tableta del Scrabble. Y así pasaban nuestras horas en esa mesita de la esquina en la que nadie se sentaba. O quizás sí había gente que se sentaba, pero daba la casualidad que cada vez que llegábamos al café estaba disponible, como predestinada a que nosotros la ocupáramos.

A él le daba risa mi acento porteño y a mí su acento caribeño americanizado al hablar en español. Según él, en su casa nadie sabía que él lo hablaba y lo entendía, dado a que él nació en EE.UU. y nunca llegó a visitar la Isla del Encanto. En realidad, nunca me propuse cuestionarle el porqué de tanto misterio alrededor de toda esta tramoya de saber o no saber español. Aunque debo admitir que me llamaba la atención esta actitud. En sí, yo lo aceptaba como era y creo que eso mantenía nuestra amistad fortalecida.

Humbertico tenía un caminar torpe; iba siempre desprevenido con su guitarra al hombro, encorvado y un tanto tímido, como ocultando su mirada de los transeúntes. Eso sí, era una chimenea. Escondía su mirada entre la humareda ya que no paraba de fumar. A cualquier hora del día, el tipo siempre tenía que tener un pucho colgando de la comisura de sus labios.  El humo del cigarro le provocaba ese lagrimeo involuntario y le fruncía el ceño que le daba pinta de pocos amigos o algo extravagante, por así decirlo. Pero nada que ver.

Humbertico era un sol de persona. Siempre con un espíritu muy bohemio y esa pizca de humor que alegraba cualquier ambiente. Quizá no era de lo más extrovertido, pero siempre tenía un chiste que otro para romper la monotonía con una carcajada.

¡Lo que daría por tenerlo hoy frente a mí y proponerle un viaje a la Isla para descubrir sus raíces!, de las cuales tenía más incógnitas que respuestas y por lo que sufría de alienación con todo lo relacionado con Puerto Rico y su gente. Nunca comprendí el porqué de ese rechazo o resentimiento… ¿De dónde procedía?  Pero en sí, había algo que él rechazaba de sus raíces inconscientemente, por así decirlo.

Hoy llegué al café que frecuentábamos y tuve que sentarme ahí a solas. Sin el juego de Scrabble, sin amigo. Sola con mis pensamientos y un pocillo de café humeante. Es algo tremendo describir con palabras la partida de un amigo al que tan sólo empezaba a conocer, descubrir y hasta perderme en sus ojos obnubilados. Un impulso repentino me invade mientras veo pasar a través de la ventana del café a los chicos que salen de la escuela. Me pierdo en cada rostro joven sin fijar mi mirada. Abro el cuaderno que saco de mi bolso y escribo pensando en Humbertico, evocando de alguna u otra manera su espíritu. La tinta corre y dejándome llevar por la mágica nostalgia escribo lo siguiente:

Visita tanteada

 La guadaña revoloteó más de una vez por el cuarto de paredes descascaradas que lo vieron crecer. El foco que pendía del techo cubierto de humedad dejó de titilar sobre su boca abierta y sus ojos quietos.

Eran las deudas, las ventas frustradas de su cacharro estacionado desde que tenía uso de razón, la chica del gimnasio que le gustaba y él no se animaba a encarar, y quizás, el laburo de músico callejero que de sol a sol lo mantenía en la monotonía  y disconformidad ante la cotidianeidad.

Estas y muchas otras conclusiones pululaban entre las sonadas de narices, llantos maternales y perfiles cubiertos por gafas sombrías.

Un sol como burlón se esconde entre las nubes hoy. Una lluvia de claveles, rosas,  gladiolos y objetos inconmensurables retumban sobre la tierra fresca amontonada que nos desborda  los tobillos.

No vas a estar solo.

Los grillos canturrean desde lejos.

Los sapos brotan de los yuyos.

Te voy a extrañar, Humbertico. ¡No sabes cuánto!

Humbertico

Yolanda Avellaneda

Son las cinco de la mañana y mi mae ya se levantó. Odio el ruido de la mañana, detesto que prenda la televisión para escuchar Club 700. Me molesta escucharla preparar con tanto ahínco el café, los huevos y los maduros para mi padre y para mí. Todo lo hace con tanto esmero y yo la observo a ver si se da cuenta algún día de que la vida es una mierda, una completa desilusión.

En un rato va a comenzar a llamarme para que desayune y con su voz aguda me va a decir: “tienes que comer, muchacho, necesitas alimentarte”. Gorda retrasada, ¡no se da cuenta de que peso casi trescientas libras, que no necesito más su puta y grasienta comida! Mientras tanto escucho el caminar desganado de mi padre que llega a la cocina para atiborrarse de fritanga y café. Todo en esta casa apesta a una rutina que nos ahoga y nos invita a hacer cosas que no están bien. Los escucho rezar antes de meterse su primer bocado, luego hablan de mí. Creen que no hablo español, se equivocan; yo hablo español, mi mejor amiga me enseña. Dicen que estoy gordo, discuten lo encerrado que estoy y sobre mi depresión. También hablan de mi amiga. Creen que soy gay porque nunca he traído a una novia a casa. Mi mae piensa que la solución está en mandarme a la Isla. Mi padre asiente. Los estoy mirando apoyado en el marco de la puerta y aparento indiferencia, pero dentro de mí vive lo peor, la podredumbre, el dolor, lo oscuro.

Hoy voy a ir a donde Jerry, el dealer que me vende la heroína que es lo único que me calma, me permite volar, sentirme livianito, muy livianito y esa sensación es lo que me hace regresar como un novio fiel. Tengo veintitrés años y lo único que deseo es morir. Hace siete años que convivo con una depresión bipolar y no la puedo sacudir con nada. La única que me ayuda es Eugenia, mi amiga argentina. ¡Ella es tan hermosa! Creo que me puedo enamorar, pero después pienso y me deshago de ese pensamiento. Ella busca y se merece algo mejor, me regala vida, una vida que desprecio, una vida sin más rumbo que la muerte. Siguen hablando y me harto; salgo, voy por lo mío. Cuando regrese me voy a encerrar en mi cuarto. Hoy no quiero ver a nadie, ni siquiera a Eugenia. Estoy solo, me inyecto. Mi respiración está lenta, escucho mi corazón. Quiero más y me regalo más; vuelo, vuelo lejos tan lejos que decido no regresar.

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